El fallecimiento del Papa Francisco marca el inicio del proceso de “sede vacante”, durante el cual el camarlengo certifica su muerte y asume la administración temporal del Vaticano. Su funeral sigue un rito simplificado que él mismo reformó en 2024, destacando su papel como obispo y permitiendo su entierro en la Basílica de Santa María la Mayor. En los días posteriores, los cardenales llegan a Roma para participar en reuniones previas al cónclave, donde se discuten los desafíos de la Iglesia y se perfilan los posibles candidatos para la sucesión.

El cónclave, realizado en la Capilla Sixtina, debe comenzar entre 15 y 20 días después del fallecimiento. Solo los cardenales menores de 80 años tienen derecho a voto, aunque cualquier varón católico bautizado puede ser elegido Papa. Los principales candidatos incluyen al cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano; Luis Tagle de Filipinas, jefe de la oficina misionera; Matteo Zuppi de Italia, líder de los obispos italianos, y Christoph Schönborn de Austria. La elección requiere una mayoría de dos tercios y se desarrolla bajo estricta confidencialidad.

Tras la votación, las papeletas son perforadas y quemadas, produciendo humo negro si aún no hay consenso, o blanco si se ha elegido un nuevo pontífice. Cuando el nuevo Papa acepta, su nombre es anunciado desde el balcón de la Basílica de San Pedro con la tradicional proclamación “Habemus Papam!”, seguida de su primera bendición pública. Así concluye el período de sede vacante y comienza un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia Católica.

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