El terremoto de magnitud 7.7 que golpeó Myanmar el viernes pasado ha dejado más de 2,000 muertos, según medios estatales. Entre las víctimas se encuentran 200 monjes budistas en un monasterio colapsado, 50 niños en un aula de preescolar y 700 musulmanes que rezaban en mezquitas durante el Ramadán. El epicentro se ubicó cerca de Mandalay, la segunda ciudad más grande del país, causando daños significativos en edificios, carreteras y el aeropuerto de la ciudad.
Las operaciones de rescate se han visto obstaculizadas por cortes de energía, escasez de combustible y comunicaciones limitadas. La falta de maquinaria pesada ha obligado a los rescatistas a buscar sobrevivientes manualmente bajo temperaturas superiores a los 40 grados Celsius. Según la ONU, más de 10,000 edificios están colapsados o gravemente dañados, incluyendo tres hospitales destruidos y 22 parcialmente afectados.
El conflicto armado en Myanmar, que ha desplazado a más de 3 millones de personas desde 2021, complica aún más los esfuerzos de ayuda. Muchas áreas afectadas son inaccesibles debido a deslizamientos de tierra y daños en la infraestructura. Equipos internacionales de países como India, China y Rusia han llegado para apoyar las labores de rescate, mientras que la OMS ha declarado una emergencia de nivel 3 y enviado suministros médicos.
El terremoto también afectó a Tailandia, donde al menos 18 personas murieron, principalmente en un sitio de construcción en Bangkok. Las autoridades continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, mientras que la comunidad internacional ha prometido millones de dólares en ayuda para Myanmar. La situación sigue siendo crítica, con el riesgo de brotes de enfermedades y la llegada de las lluvias monzónicas en mayo.

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