La industria emergente que busca usar los océanos como herramienta para mitigar el cambio climático se basa en la capacidad natural del agua para absorber dióxido de carbono (CO2), pero enfrenta retos técnicos, éticos y ecológicos. Planetary Technologies lidera uno de estos proyectos al bombear una mezcla de agua y minerales alcalinos, como el óxido de magnesio, al océano desde instalaciones en Canadá. Este proceso pretende neutralizar la acidez del agua marina, lo que podría aumentar su capacidad para capturar más CO2 de la atmósfera.
La estrategia también depende del mercado de créditos de carbono, que permite a las empresas comprar «compensaciones» equivalentes al CO2 eliminado del aire por estos métodos. Sin embargo, estos créditos son polémicos, ya que algunos críticos argumentan que incentivan a las empresas a evitar reducir sus propias emisiones. Además, la cantidad de carbono eliminado actualmente a través de este tipo de créditos representa solo una fracción de lo que se necesita para abordar el cambio climático.
Simultáneamente, otras iniciativas, como las pruebas realizadas por el Woods Hole Oceanographic Institution en Estados Unidos, investigan la viabilidad de agregar químicos como hidróxido de sodio al océano para potenciar su capacidad de captura de carbono. Hasta ahora, casi 50 proyectos similares han llevado a cabo pruebas de campo en los últimos años, y las empresas involucradas han recaudado cientos de millones de dólares en financiamiento inicial.
A pesar de los posibles beneficios climáticos, estos proyectos generan preocupación entre expertos como Adina Paytan, de la Universidad de California en Santa Cruz, quien advierte sobre los riesgos de avanzar sin regulaciones claras. Existen interrogantes sobre cómo estas prácticas podrían afectar a la biodiversidad marina, la química del agua y los ecosistemas costeros.
Will Burt, científico principal de Planetary, reconoce que la tecnología aún está en una etapa temprana y que sus posibles impactos no son completamente predecibles. Sin embargo, destaca que la urgencia del cambio climático obliga a tomar acciones rápidas y a probar métodos innovadores, aunque impliquen riesgos. La comunidad científica y los reguladores enfrentan el desafío de equilibrar la innovación con la seguridad ambiental en este «nuevo salvaje oeste» de la geoingeniería oceánica.

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